Esta muy extendida una versión de la historia (o mejor dicho, pseudo-historia) que señala que la empresa española en América fue solo una empresa de rapiña, un genocidio sistemático y generalizado que buscó el exterminio de los indígenas, el robo de sus posesiones y tierras, bajo pretexto civilizador.

Así toda la conquista de América del Sur fue una empresa de rapiña y al mismo tiempo una orgía de sangre, donde los conquistadores españoles mataban indígenas a raudales, a tal punto que tuvieron que traer esclavos africanos cuando el exterminio llegó a su epítome. En cambio, los ingleses y holandeses fueron sumamente humanos con los aborígenes del norte, y fue solo su natural maldad la que provocó guerras puramente defensivas. 

Ha sido esto lo que se conoce como la Leyenda Negra, que, aunque sumamente extendida, no resiste la comparación debida con la documentación conservada en el Archivo de Indias, ni los antecedentes históricos. En realidad, obedece a una campaña de desprestigio deliberado y cruel por parte de las potencias enemigas de España, que a ella achacaron los males que realizaban en sus propias colonias-factorías.

Alegan sus promotores, que incluyen a famosos literatos latinos como Eduardo Galeano, que los conquistadores hispánicos fueron agentes de una Compañía mercantil, como las francesas o inglesas, que enviaban mercenarios matar a los indígenas por lucro y placer. Incluso Karl Marx hizo eco de la leyenda, afirmando que en el primer tomo de El capital que "el descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de la Indias Orientales, la conversión del continente africano en caza de esclavos negros: son todos hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista". 

La empresa española, a veces durísima por exigencias de la ley de guerra, no fue nunca una cacería humana generalizada como las que en las costas de África organizaron los barcos marinos de su graciosa majestad británica o del cristianísimo rey de Francia, hasta hace apenas unos lustros. Los casos de Australia y de los EEUU son muestra de lo que lisa y llanamente se debe llamar un genocidio. 

No se puede negar que muchos hombres españoles fueron atraídos en América por el brillo del oro y la sed de aventuras; pero el Estado español supo encauzar con previsión genial y con legislación justísima semejantes afanes. Los hechos que denunció el Padre Bartolomé de Las Casas llevaron a una enorme reforma y fuertes modificaciones al sistema colonial; y para su época fueron ejemplares. Pero con todo, fueron una minoría. 

De los llamados "atrasos" del pueblo español solo se puede dudar. ¿Era atrasado un pueblo que supo civilizar a un nuevo mundo? ¿Es que acaso el nivel de desarrollo de Hispanoamérica no es superior al de las colonias europeas en África, en todo orden de cosas?

España en cambio había echado sobre sus hombres la titánica empresa de salvar con el razonamiento y con la espada la Europa latina de la nueva invasión de los bárbaros septentrionales. Esa fuerza valiosa y guerrera le impuso a España un deber que cumplió magistralmente, salvando a Europa de la amenaza otomana en Lepanto, y garantizando la libertad de todo un continente.

Por su parte, América fue conquistada gracias a los mismos indígenas, que se rebelaron contra los grupos que les dominaban, exterminaban y hasta sacrificaban. Los excesos, reales y conocidos, eran una lamentable expresión de su tiempo, y deben ser juzgados en relación con su época. ¿Quién no nos dice que en cien años las formas de guerra moderna no serán vistas como un crimen contra la humanidad?

En la América Hispana los indígenas eran considerados como seres humanos, y se establecían limitaciones para impedir sus abusos. En la América Anglosajona y francesa, en cambio, los mataban cruelmente. Es cosa de ver las cifras: ¿Cuántos indígenas hay hoy en el mundo hispano, y cuanto territorio ocupan? ¿Por qué se ignora el genocidio de los indígenas de América del Norte?

En el caso de la Conquista Española, la mortandad se asoció más a las enfermedades transmisibles, como la viruela, sarampión, gripe, tifus, peste bubónica y otras enfermedades infecciosas endémicas en la Europa, que tuvieron un papel decisivo al diezmar a los nativos; el ardor guerrero contribuyó lo suyo también, como el caso de la famosa Guerra de Arauco. 

Podemos sin duda sentir vergüenza sobre algunos aspectos de la conquista allende los mares. La esclavitud africana en Potosí, la explotación en las encomiendas, el asesinato de Atahualpa por Pizarro, los efectos colaterales de las enfermedades transmisibles, la importación de la sífilis etc; pero al menos España tenía unas claras y bastantes expeditivas leyes moderadoras. Pudo ser de otra manera, pero no fue así. El pasado es inevitable al tiempo que es una enseñanza, y eran otros tiempos.

Con todo, era vergüenza dista mucho del caso de los inventores de la leyenda, los finos ingleses.  Allí la mortandad debe calificarse de matanza, sin más consideración o interpretación. 

Así es claro que Inglaterra era y es todavía un imperio sediento de sangre. Las matanzas fueron sostenidas, y no se trataba de batallas, sino que verdaderos sacrificios en honor al rey de turno en Londres. 1626, el pueblo de Kalinago es exterminado; 1636-1638, exterminio de la tribu pequot; 1675, exterminio del pueblo Narragansett, los supervivientes se venden como esclavos; y un larguísimo etcétera. Los datos certifican este hecho, aunque es lamentable tener que recurrir una vez más a las frías miserias de la estadística para demostrar lo evidente.

Henry Kamen, excelente hispanista, en su extraordinario libro 'Imperio', escora en una apreciación quizás algo exagerada, pues habla del genocidio demográfico más grande de la historia documentada (un 90% de mortalidad en los 150 años posteriores al desembarco de Colón).Tradicionalmente, los historiadores más minimalistas cifran la población precolombina, como Henry Dobbyns, en unos 12.000.000 aborígenes (los maximalistas hablan de 50.000.000 en todo el continente). 

La mortalidad posterior por la acción de la guerra de exterminio y la cruel viruela, y las no menos agresivas venéreas, dejó los territorios del norte de América hollados por los ingleses en una tabula rasa sin contar con el énfasis expansivo posterior de sus pupilos tras la independencia. 

Antes de la llegada de los ingleses a América, existían civilizaciones bien estructuradas forjadas durante siglos en muchos casos. Para ellos, los habitantes de dichas civilizaciones no tenían la consideración de humanos. El colono anglosajón mostró una forma de crueldad inusual fuera de los campos de batalla y en ello, aunque aquí, en caliente, entran atenuantes obvios. Los pueblos sometidos fueron meros espectadores de las masacres cometidas en los actuales Estados Unidos, Caribe, África, Irlanda y Australia, por mencionar algunas latitudes al azar. 

Mientras los españoles intentaban convertir a los autóctonos al catolicismo, a veces con métodos algo expeditivos, y los portugueses, más mercantiles, trataban de controlar los puertos de Brasil y la costa oeste de África e India para así potenciar su fabulosa red comercial, los ingleses entendían que los indígenas de América debían ser literalmente exterminados, como siempre ocurrió en sus zonas de ocupación, ,para de esta manera repoblar el continente con ingleses de pura cepa. Y no vale decir que eran presidiarios desalmados o disidentes recalcitrantes frente a la monopolista fe anglicana, no; avezados exploradores como Rourke, Cook, y, antes que ellos, el inefable Drake, postulaban el exterminio en masa de los lugareños que asistían sorprendidos a la total subversión de la hospitalidad por aquellos energúmenos adecentados con uniformes de lujosa botonadura. Era la educada Inglaterra la que se oponía al mestizaje con los subhumanos.

El abuso e imposición arbitrarias de una Inglaterra exultante ante sus conquistas (no existían entre ellos un Fray Bartolomé de las Casas ni la más mínima norma que se pareciera a las protectoras Leyes de Indias) permitiría el salvaje saqueo, el expolio y el apalizamiento a millones de “indios” o aborígenes por parte de una cultura que a sí misma se llamaba civilizada. En lo económico y político, los beneficios soslayaron cualquier atisbo de humanidad, dejando a los intereses indígenas totalmente condenados a la muerte en guerras asimétricas, a la inanición en la mayoría de los casos y a la esclavitud flagrante y rampante.

En la India, tras más de dos siglos de dominación británica, la esclavitud era generalizada y no se les permitía a los locales competir con productos propios en los mercados internacionales, hasta que llegó Gandhi con su rueca.

God save the queen and his bloody regime.  Australia muestra el exterminio de al menos 900.000 aborígenes, según el número de los contabilizados por su propia Sociedad Geográfica británica, de los cuales algo más de 30.000 escaparon a aquel apocalipsis de destrucción sistemática y planificada orquestado por el régimen de Su Majestad. Estos aborígenes llevaban en Australia aproximadamente 60.000 años cuando los primeros ingleses les hicieron notar su avanzada civilización, era el año 1770 y el infierno abría sus fauces. 

Los ingleses declararon a Australia como terra nullius, es decir, sin habitantes humanos, de tal manera podrían así justificar el despojo de las tierras indígenas y el saqueo del continente. Tras arrebatarles las tierras fértiles, arrojaron a los aborígenes a las zonas áridas del interior donde morían como chinches. Enfermedades desconocidas arrasaron aquel último reducto del paraíso en la tierra, en un siglo exacto desde aquel terrible desembarco de los pulcros y puritanos anglos.

Las hazañas africanas de Su Graciosa Majestad despojaron de su nombre, identidad, dignidad y libertad a millones de esclavos procedentes de los puertos de Senegal y Guinea hacia las plantaciones del Caribe, Norteamérica y Sudamérica. Los infernales viajes donde una multitud de seres castrados de los más elementales derechos de existencia, encadenados entre sí, sin espacio para moverse, viajando durante meses, mareados hasta la extenuación, rodeados de vómitos, entre los alaridos de las mujeres y los lamentos de los agonizantes, generaban escenas de horror inconcebibles. Se calcula que uno de cada tres sobrevivía a esta travesía. 

Estas acciones de inhumanidad flagrante eran la obra de los que imputaban a España la famosa Leyenda Negra; de los reformadores (¿o más bien divisores?) de la Iglesia Universal, los que todavía hoy expolian África, Asia y América. Pero eso es harina de otro costal.


Opinión de Carlos Sancho Santana, Gobernador del Territorio de Ultramar de Pedro. Suscriben los miembros del Gobierno y del Gran Senado. 

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